El año 2025 se recordará probablemente como un punto de inflexión en la historia moderna del oro. Tanto en términos físicos como en valor de mercado, la demanda mundial alcanzó niveles nunca vistos, reflejando un profundo cambio en la forma en que inversores, hogares, instituciones y gobiernos perciben el riesgo, el dinero y la seguridad a largo plazo. La demanda total de oro, incluidas las transacciones extrabursátiles, superó por primera vez las 5.000 toneladas, mientras que el precio del oro marcó 53 nuevos máximos históricos a lo largo del año.
Del analítico
El salto de la plata por encima de los 100 dólares por onza en enero de 2026 marca uno de los movimientos de precios más extremos en la historia moderna del metal. Tras ganar ya cerca de un 147% en 2025, la plata sumó otro 40% en tan solo las primeras semanas del nuevo año, lo que la llevó mucho más allá de los niveles que muchos analistas consideran justificados únicamente por sus fundamentos.
La fuerte subida del precio del oro en los dos últimos años ha transformado el oro, que ha pasado de ser un activo de reserva conservador a convertirse en un pilar central de la soberanía monetaria y la gestión del riesgo geopolítico. Con una subida de los precios de los lingotes superior al 60% y batiendo repetidamente nuevos récords por encima de los 4.300 dólares por onza troy, el oro ha vuelto a entrar en el núcleo estratégico de las finanzas mundiales.
La subida de los precios de los metales preciosos durante 2025 no se limitó a elevar el oro y la plata a nuevos máximos, sino que cambió radicalmente la forma en que los ciudadanos de distintos países interactúan con estos metales. Lo sorprendente no es sólo la magnitud del repunte, sino la coherencia de un resultado en mercados muy diferentes: la joyería está perdiendo terreno frente a los lingotes y las monedas. Sin embargo, este cambio no obedece a una única lógica mundial. Por el contrario, refleja un mosaico de circunstancias nacionales -flujos turísticos, sistemas fiscales, historiales de inflación, debilidad de la moneda y hábitos culturales profundamente arraigados- que, en conjunto, están reconfigurando la demanda física.
El repunte del oro en 2025 ha puesto en entredicho el supuesto tradicional de que las fuertes subidas de precios deben ir seguidas de profundas correcciones. Los precios registraron su mayor subida anual desde la crisis del petróleo de 1979 y se duplicaron en los dos últimos años, alcanzando un récord cercano a los 4.380 dólares por onza troy en octubre, tras no haber superado nunca los 3.000 dólares antes de marzo. En ciclos anteriores, un movimiento semejante habría desencadenado casi automáticamente expectativas de desplome. En cambio, los analistas de JP Morgan, Bank of America y Metals Focus sostienen cada vez más que el oro está entrando en un régimen de precios estructuralmente más altos, con niveles en torno a los 5.000 dólares por onza en 2026, que ahora se consideran más plausibles que extremos.
La subida de la plata hasta un nuevo máximo histórico de unos 67 dólares la onza en diciembre de 18 marca una de las historias más sorprendentes de las materias primas en 2025. Después de pasar gran parte de la última década atrapado en un estrecho rango entre 15 y 25 dólares, el metal duplicó con creces su valor en un solo año. Esta ruptura no se produjo gradualmente.
El comportamiento del oro en 2025 ha sido extraordinario en términos históricos. Los precios han subido más de un 60% en dólares, la mayor subida anual en casi medio siglo, y en términos ajustados a la inflación el oro nunca ha sido más caro. La historia ofrece un paralelismo cauteloso: tras tocar techo a finales de 1979, el oro perdió casi dos tercios de su valor en los cinco años siguientes. Esta comparación plantea inevitablemente la cuestión de si el repunte actual es otra burbuja o si el oro está respondiendo a un entorno mundial fundamentalmente diferente.
La subida de la plata por encima de los 58 dólares la onza a principios de diciembre es mucho más que una reacción a la volatilidad a corto plazo. El metal ha alcanzado máximos históricos, superando niveles inéditos incluso durante anteriores mercados alcistas, y los factores que impulsan este movimiento apuntan a un…
Las previsiones de UBS, Goldman Sachs y Deutsche Bank convergen ahora en torno a un escenario dramático pero cada vez más plausible: en 2026, el oro cotizará entre 4.450 y 4.900 dólares por onza, con vías realistas hacia niveles aún más altos si se intensifican las presiones geopolíticas, monetarias o fiscales. Lo que distingue esta nueva perspectiva de los ciclos alcistas anteriores es el reconocimiento de que la subida del oro no es una reacción a corto plazo a la volatilidad, sino una recalibración a largo plazo de cómo los inversores y los gobiernos distribuyen el riesgo en un mundo más fragmentado.
Las violentas oscilaciones del oro a finales de 2025 han reavivado un debate ya conocido: ¿está perdiendo impulso por fin el largo rally o los inversores interpretan erróneamente el ruido a corto plazo como un cambio en la tendencia subyacente? La respuesta, cada vez más respaldada por los datos del Consejo Mundial del Oro, el comportamiento del mercado seguido por The Economist y las previsiones de UBS y Bloomberg, es que los fundamentos a largo plazo del oro siguen no sólo intactos, sino más sólidos que en cualquier otro momento de la última década.